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Las Uvas de la Ira, impresiones personales sobre su lectura


Portada de la edición que hemos leído, de Tusquets
Portada de la edición leída
Ya confinados, hemos leído dentro del Club de Lectura de la Biblioteca de Alhaurín de la Torre esta novela publicada en 1939, escrita por John Steinbeck, premio Novel de Literatura en 1962. Ya la tenía en la lista de libros pendientes, recomendada por una amiga, y afortunadamente ha entrado en el catálogo de este año. 

El libro me ha conmovido profundamente y en el siguiente texto, que es mi participación en el blog del club, describo mis impresiones tras su lectura y comentarios con otras lectoras compañeras del club.  
Creo que este texto no revela hechos significativos  que pueda adelantar o desvelar  partes de la novela, aunque siempre es mejor leerla antes de cualquier influencia. 


Cuando uno conoce y lee ciertos libros, de forma más o menos fortuita, comprende la trascendencia que la Lectura tiene en los procesos incesantes de construcción individual y en la formación de una visión personal de la Vida, sobre todo, en sus aspectos más trascendentes o fundamentales. Las Uvas de la Ira es, para mi, uno de ellos.

El relato, sin apenas saltos temporales, comienza serenamente con el incipiente viaje personal de Tom Joad que tras cerrar su particular período de penitencia vuelve a la casa familiar. Al llegar comienza a descubrir que lo que dejó ya no existe. Las tormentas de arena, la sequía y la ruin avaricia de las compañías propietarias de la tierra que pretenden hacerlas más rentables, provocan la expulsión de miles de familias de los campos donde habían nacido y trabajado, labrantíos que habían sufrido y amado durante varias generaciones. Así, apremiados por la necesidad y alentados por una pequeña esperanza en forma de cuartilla rosa, inician un viaje épico en busca de un jornal que les de comer.

Desde el inicio, las descripciones pormenorizadas, tanto de lo físico como de las sensaciones y reacciones de los personajes, unido al lenguaje sencillo y directo, provoca que el lector entre rápida e íntimamente a compartir, y progresivamente, según van sucediéndose los acontecimientos, empatizando con los personajes. Estos, definidos magníficamente a través de sus actos y mediante diálogos coherentes y precisos, son la armadura de la narración. Los personajes principales bien pueden simbolizar conceptos y valores generales, como, por citar algunos ejemplos el apego a la tierra de Marley Graves, la duda en la propia fe religiosa del predicador Casy, el arrepentimiento atormentado de John Joad, la revelación contra el abuso en Floyd Knowles o el descubrimiento de uno mismo de Tom Joad. Pero entre todos destaca el personaje de Madre, cuya denominación genérica acentúa su carácter simbólico. Es una figura cardinal en la novela, hacia donde todos gravitan engranados por valores que ella sostiene hasta en los momentos más aciagos y comprometidos: lealtad, dignidad, respeto o nobleza, son algunos. A estos valores añade una entereza de ánimo y una seguridad en sus actos que son guía y apoyo para el resto de los personajes y, en cierta manera, también para la lectora.

El recorrido de la Ruta 66, cauce de las esperanzas y sueños de la familia Joad así como de muchos americanos de principios del siglo XX, está jalonado por capítulos donde John Steinbeck explica o describe las causas y procesos que ayudan al lector a contextualizar las vicisitudes de las gentes que por ella viajaban hacia California. En ellos podemos entender, por ejemplo, de que manera y en que condiciones realizaban el viaje, las formas irregulares de contratación de los trabajadores, los mecanismos mercantilistas de las compañías, las maniobras comerciales para alterar los precios y bajar los salarios o el rechazo social generalizado que van sufriendo en los lugares por donde pasan. En algunos de estos capítulos, de forma más o menos lírica, Steinbeck expone reflexiones o conclusiones generales sobre el sistema, algunas de alto carácter social y reivindicativo, o sobre el comportamiento humano: “...sabían que un hombre tan herido y tan perplejo es pasto fácil de la cólera, incluso contra las personas que más quiere”, “...extrañas cosas les suceden a los que huyen del terror, algunas amargas y crueles, y otras tan hermosas que la fe se renueva para siempre”.

El periplo de la familia Joad hacia el este norteamericano, es el Eterno Viaje del ser humano en la búsqueda de un tiempo y un lugar mejor. Pero en su caso es también la travesía por la mezquindad y la miseria del alma, por el abuso inmisericorde y la explotación descarnada, por el desamparo y la ignorancia, el miedo y el rechazo insensible; sus padecimientos se suceden sin solución de continuidad y el hambre y el cansancio son perennes compañeros de viaje. Los personajes, y el lector, sobrellevan esta andadura gracias al auxilio de la solidaridad entre ellos mismos y a la generosidad entre los que nada tienen, misteriosas acciones humanas. Aunque siempre, detrás de todo, siempre aparece el espontáneo y ancestral empuje de la supervivencia, que no hay más remedio que continuar, aferrados a la fe en la esperanza, porque la alternativa es fenecer.

Las Uvas de la Ira, el fruto engendrado por el abuso y la injusticia, es una novela reveladora, de lectura apasionada y exaltadora; no es gentil ni insustancial y por esto mismo no debería ser ni inofensiva ni inocua. Paulatinamente va acaparando nuestro ánimo, agitando inquietudes, irritando el espíritu, hasta completar la experiencia literaria de ser tocado en un lugar genuino con sentimientos lacerantes que estimulan reflexiones solemnes.

La novela concluye, pero no el viaje de la familia Joad, que ha ido desangrándose y desgranándose en el trayecto. No alcanzan un final liberador, ni el lector una conclusión esclarecedora. Contrapuesto en intensidad al comienzo de la historia, el camino les lleva a un punto de no retorno y sin esperanza. Y con una desconcertante escena, el lector, conturbado, puede inferir que todo ha llegado a su límite, que el último paso de su viaje ha sido cruzar la frontera hacia lo salvaje, hacia lo primitivo. La alegoría que cierra la novela deja al lector ante un interrogante que es a la vez certeza, que como la estatua de La Liberta medio enterrada en la orilla del mar, es a la vez pregunta y respuesta. Aunque quizás, mirando desde el otro lado, Steinbeck nos dice que existe la esperanza revelándose contra el Creador y rehaciendo el Origen, donde ahora es el Hombre el que nace de la Mujer, de la hija que será Madre.

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