Estas semanas hemos leído en el club de lectura:

En el “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, Jonas Jonasson inventa los primeros cien años de vida de una abuelo sin nietos que, sin planteamientos generales de vida y, orientado por un par de principios vitales básicos y su amor y deleite por el licor, llega a verse, bien por azares sorprendentes, bien por decisiones incomprensibles, como protagonista activo y relevante en muchos acontecimientos trascendentes de la historia del siglo XX y codeándose con personajes históricos principales de diferentes bondades humanas. Para contar la vida de Allan Emmanuel Karlsson se apoya argumentalmente en la narración paralela de su biografía y de su penúltima aventura, que inicia de forma gamberra, evadiéndose de su centésima fiesta de cumpleaños y arrastrando, como piedra rodando por un terraplén, a un coro de personajes estrambóticos y dispares en extremo — uno de ellos pesa más de 5 toneladas— en una disparatada sucesión de hechos fortuitos y aleatorios. El autor intercala entre los capítulos donde se cuenta la cómica carrera hacia ningún lado de Allan y sus compañeros, los episodios de su vida cronológicamente, hasta alcanzar el tiempo presente de dicha aventura. Ambas narraciones, tanto la biografía de Allan, personaje imprevisible e indolente, pero decidido y listo como el hambre, como el relato coral, un híbrido de comedia y novela policíaca, componen un surrealista cuento impregnado de una mezcla de la comicidad de El Guateque, La Vida de Bryan y Amanece que no es poco, por ejemplo. Divertida, por las hilarantes escenas que se producen o por las absurdas acciones de sus personajes, es tremendamente amena por las contantes expresiones y ocurrencias, inteligentemente irónicas o graciosamente sarcásticas, que provocan que su lectura se haga con una media sonrisa que en algunos momentos llega a la carcajada con lágrimas.
Pero detrás del disparate divertido y la carcajada, que nos dejan una alegre sensación, podemos encontrar otra lectura crítica y provechosa para el ánimo. Y es que en ciertas ocasiones, al observar las evoluciones de nuestra contradictoria sociedad, nos invade una sensación de desasosiego moral, de inquietud intelectual, al vernos incapaces de entender, o simplemente explicar, ciertos hechos o comportamientos humanos, ya sean individuales o colectivos, sobre todo aquellos que no pueden identificarse de forma sencilla mediante los preceptos más básicos y universales de la ética. Excluyendo a las mentes preparadas y virtuosas, eso nos ocurre cuando en ellos vislumbramos algo de irracional o absurdo que nuestra razón rechaza casi de forma refleja o instintiva. Pero como el pensamiento humano se caracteriza por su tozudez, no desiste en explicarse de alguna manera posible, esos actos o acontecimientos sociales, contemporáneos o pasados, y busca algún recurso, alguna manera de tratarlos. Es entonces cuando recurre, a veces como única opción posible, a la ironía, al sarcasmo o a la sátira. Y no tanto para criticar o ridiculizar, sino para despojarlos de su seriedad, su trascendencia o su importancia y poder aplicarles el humor y la risa, asequibles a cualquier mente, esté o no cultivada, sea o no capaz. Esta novela, responde a esa necesidad de observar o explicar el comportamiento humano en el contexto de lo absurdo y lo jocoso para, de alguna manera, mitigar la perturbadora desazón de descubrir lo disparatado, lo insensato, lo necio y lo salvaje que puede haber en las conductas humanas que nos organizan o nos guían. Seguiremos sin comprender estas conductas y los hechos que producen, pero de esta manera, el intelecto encuentra una manera de los asimilarlos, resignadamente, y poder alejar la tentación de abandonarse porque, desde cierto punto de vista, todo puede ser un absurdo
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